EN CANÁ y JUNTO a la CRUZ
Elijo esas dos escenas del Evangelio, en las que es figura
central la Virgen María, porque reflejan bien los dos
“encargos” que la Trinidad Beatísima confió a la Virgen
nuestra Madre.
En Caná (Jn 2, 1- 4) tenemos a María como discípula consumada y ejemplar de Jesús. Identificada con la venida del Verbo; con el Plan Salvífico de Dios; con la Obra Salvadora de Cristo. Ha vivido además durante muchos años al lado de Jesús, oyendo sus confidencias, aprendiendo de Él, haciéndole preguntas sin cesar con grandísimo interés. Como consecuencia, mira como madre cariñosa a aquellos discípulos primeros que ya acompañan a Jesús y que serán el inicio de sus instrumentos cara al futuro.
En la escena de Caná -como nos enseña desde hace siglos la buena exégesis- la mirada y la petición de María no se queda en la necesidad -apuro en que se encuentran los novios: “no tienen vino”.
“El vino mesiánico” había sido imagen de la salvación en la revelación a Israel. Y María,
con aquel ruego, pone delante de su Hijo, la ESPERA ANSIOSA DE LA HUMANIDAD EN
RELACIÓN CON ESA SALVACIÓN.
Esto lo captaba solamente María, a causa de su gran madurez en ser discípula de Cristo, como consecuencia de su entregamiento y de su identificación con Él a lo largo de años.
“No tienen vino” es un juego de palabras con las que María señala más allá de la
situación de los novios. Le suplica a Jesús en nombre de la Sinagoga, en nombre de la
Iglesia, en nombre de la Humanidad toda, que derrame ya la Salvación que es esperada
ansiosamente.
De ahí que san Juan haya dado a la narración de Caná la forma que le dio: los novios (a pesar de tratarse de una boda a la que es invitado Jesús) no aparecen prácticamente en el relato (sólo hay una referencia hecha por el maestre sala).
Los verdaderos protagonistas son Jesús y María. Y el argumento, es la súplica de ésta;
súplica que tiene el sentido de: “hay absoluta necesidad de tu Salvación”, “no tienen vino,
no tienen nada”.
De ahí que Jesús le conteste: “Mujer, qué me propones; aún no ha llegado mi hora”.
(Os aconsejo leer en “María en el Misterio de la Alianza”, de Ignacio de la Potterie, BAC, el Capítulo V)
En Caná, pues, vemos a la Virgen María como la discípula plenamente identificada con Jesús; discípula a la que le arde el corazón porque Cristo otorgue la Salvación a la Humanidad.
Cumple la misión que se le confió en la Anunciación: ser la Madre del Hijo del Altísimo; del enviado como Salvador.
Y acompañarle identificándose con su misión. Por eso, Ella alienta y suplica a su Hijo, intercediendo por la Humanidad.
Su cometido, su postura, es la de una madre de la tierra que pide a Dios para los
hombres.




Pero junto a la Cruz, María recibe una nueva vocación, un nuevo
encargo de Cristo, que constituye el último acto mesiánico de éste.
San Juan, que nos lo transmite como testigo, lo narra con gran claridad (Jn 19, 26-27):
“Jesús, viendo a su Madre y al discípulo a quien amaba, que estaba allí, le dijo a su madre: –Mujer, he ahí a tu hijo.
Después le dice al discípulo: — he ahí a tu madre”.
La Iglesia Apostólica vio ya que aquí Jesús establecía una nueva dimensión en la
maternidad de María: ella será desde ahora “Madre de los redimidos”; pero del
mismo modo que es madre de Jesús: ”he ahí a tu Hijo”. Y como apostilla Orígenes,
María solo tiene un Hijo, que es Jesús.
Añade el Evangelio que “desde aquel momento el discípulo la acogió así”; la acogió para siempre como la acababa de instituir Jesús. Ya Orígenes, en su conocida exégesis, muestra cómo la literalidad del texto expresa esta interpretación de manera inequívoca.
La lectura de que Jesús confió su Madre a Juan, tan frecuente, carece totalmente de fundamente, como vemos. Jesús no confía su Madre a Juan: es justo lo contrario. (Si así fuese, hubiese sido más adecuado confiarla a aquellas mujeres, con las que María se siente arropada, que son fidelísimas no sólo al Señor, sino también a María).
En Juan, por ser Apóstol, quedaba resumida y personificada la totalidad de la Humanidad
redimida. Y así, queda establecidapor Cristo, del modo más solemne y en el momento más
significativo, la Maternidad espiritual de María sobre todos los redimidos.
Esta nueva vocación y cometido de María, implicaba para Ella, en su interior, una radical
transformación.
Sin dejar de ser la discípula ejemplar de Jesús, al establecerla de este modo Madre de los
Redimidos la insertaba en el orden del Buen Pastor; la convertía en instrumento del Buen
Pastor; por tanto, le encargaba que nos diese lo que nos da el Buen Pastor.
La maternidad espiritual de María sobre los redimidos, no está en el orden de la
maternidad humana. Jesucristo en aquel momento, transformó totalmente su relación con
María, y el cometido de Ella en relación con nosotros. Una nueva vocación, una nueva
misión, que exigía en consecuencia una transformación interior de su fe, de su amor, de su
responsabilidad ante Dios, de su corazón ante nosotros.
Después de su Asunción a los Cielos, en la vida gloriosa de la Trinidad, esa transformación
le viene dada, digamos, por la plena posesión de la Vida Trinitaria.
Pero mientras duró su vida sobre la tierra (quizá unos 10 años), en medio de la Iglesia
naciente y cara a cumplir elmandato universal de llevar el Evangelio a toda criatura,
hubo de desplegar Ella una grandísima correspondencia a la acción de Dios; y con una
grandísima generosidad.
Es difícil para nosotros imaginar la transformación que hubo de hacer de sí misma Nuestra
Madre. Se la puede comparar, sin duda, a la que realizó -bajo la acción del Espíritu Santo-
a partir del momento de la Anunciación.
Copio de la “Lumen gentium”, n.62:
“Esta maternidad de María perdura sin cesar en la economía de la gracia… hasta la realización plena y definitiva de todos los escogidos. En efecto, con su Asunción a los cielos, no abandonó su misión salvadora… Con su amor de Madre cuida a los hermanos de su Hijo que todavía peregrinan y viven entre las angustias peligros hasta que lleguen a la Patria feliz. Por eso la Santísima Virgen es invocada en la Iglesia con los títulos de Abogada, Auxiliadora, Socorro, Mediadora. Lo cual, sin embargo, se entiende de tal manera que no quite ni añada nada a la dignidad y eficacia de Cristo, único Mediador.
En efecto, ninguna criatura puede se puesta nunca en el mismo orden con el Verbo Encarnado y Redentor. Pero, así como en el Sacerdocio de Cristo participan de diversa manera tanto los ministros como el pueblo creyente,…así también la única Mediación del Redentor no excluye, sino que suscita en las criaturas una colaboración diversa que participa de la única fuente.
La Iglesia no duda en atribuir a María esta misión subordinada, la experimenta sin cesar y la recomienda al corazón de sus fieles para que, apoyados en su protección maternal, se unan más íntimamente al Mediador y Salvador”.
Definitivamente este es mejor portal que me he encontrado, estudio teología y voy en cuarto semestre, no se imaginan todo lo que encontrado para mi vida espiritual y para mis estudios una y mil veces muchas felicitaciones; gracias por tener esta página y muchas más.
Comentario por morita — marzo 20, 2011 @ 4:02 pm |