El nacimiento de Cristo en Belén
Dice S. Lucas (2, 1-5) que con motivo del Edicto de César Augusto “todos iban a inscribirse, cada uno a su ciudad”. Y que “José, como era de la casa y familia de David” subió a Belén a empadronarse.

No sabemos si José había emigrado personalmente a Galilea por razones de
trabajo (sucedía entonces con frecuencia, ya que en Galilea estaba el trabajo y el
porvenir); o si quien lo había hecho fue su padre. Parece más probable lo primero
porque en los relatos evangélicos nunca se alude al padre de José como ciudadano
de Nazaret.
En cualquiera de los dos casos, sin duda mantenía José como referencia clara la
Casa Troncal de la familia en Belén. Esto ha sido así siempre en todas las culturas.
Con mayor razón lo sería en Judea entonces, y más aún tratándose de la que era
llamada con el pomposo nombre de “la casa de la familia de David”.
Se puede pensar, por tanto, que José acudió a la Casa troncal. Una casa
importante sin duda en Belén, prescindiendo de la calidad que tuviese el edificio.
Pues bien, lo que dice el Evangelio es que para el nacimiento “no hubo lugar para
ellos en la katályma”. La katályma era la sala grande de las casas, y solía ocupar
todo el segundo piso o “piso alto”. (En la katályma de una casa se celebró la
Última Cena, y tuvo lugar después el episodio de Pentecostés).
La katályma solía ocupar todo el piso: una sala corrida sin ningún compartimento
diferenciado; en todo caso con alguna separación hecha de tela, a la manera de
nuestros biombos.
En esa sala la familia “hacía la vida”: allí se estaba; allí se comía; y allí dormía toda
la familia sobre esteras que se desplegaban. Apenas tenía muebles; sólo esteras,
cojines, lo que nosotros denominamos “puffs”, etc. Era por tanto, la gran sala de
la familia. En ella, por ejemplo, la familia celebraba el sábado, permaneciendo
juntos todo el día.
José y María, cuando llegan a la casa troncal de Belén pasarían
a vivir en la katályma con todos. Pero a medida que se acerca
el nacimiento, unánimemente se tomaría el acuerdo de que la
katályma no era lugar adecuado para un parto, que si ocurría
de noche acontecería a la vista de todos.
La solución fue ocupar una de la cuevas que pertenecían a la casa. Las casas
buenas solían tener 2 y hasta 3 cuevas (que eran naturales allí) como
infraestructuras añadidas a la casa.
Una de la cuevas solía ser la cueva-pesebre (fatné). Otra solía ser despensa-
granero; y otra para aperos, herramientas, etc. La cueva fatné se solía usar
cuando una oveja paría, porque de lo contrario, las ovejas pasaban la noche al
raso. No estaba ocupada, de ordinario. De ahí que fuese elegida para que María y
José esperasen en ella el parto, porque además, no era un lugar sucio o inhóspito.
La “señal ” que Dios da con el nacimiento del Verbo en una cueva y con el
“recostado en un pesebre”, no pierde fuerza por todo lo dicho. Porque que el Hijo
del Altísimo nazca en una cueva-pesebre, es imagen que expresa con grandísima
claridad la Kénosis del Verbo (el abajamiento que supone la venida de Dios al
Mundo) como la canta el himno litúrgico de Filipenses 2, 6-7.
Por eso, María y José debieron de percibir estas
circunstancias del nacimiento, como una luz de Dios, no como
una contrariedad y algo penoso.

“Lo reclinó en un pesebre”
Por último, la palabra “pañales” del relato, es un “término técnico” como lo son
hoy “los pañales”: el ajuar para el hijo preparado ex profeso por la madre. No se
trata por tanto de pañales o trapos improvisados. La Virgen lleva los pañales para
el Hijo que va a nacer en Belén.
Una prueba más de que María y José viajaron a Belén no sólo para
empadronarse, sino para que el Niño naciese en Belén, como estaba
anunciado por el Profeta Miqueas.