EL ANUNCIO A SAN JOSÉ (4)
En este tema, la exégesis alternativa es más conocida, aunque no suele estar en los comentarios de divulgación. Sin embargo ya se expresan así Padres de la Iglesia (como Orígenes, San Basilio, San Efrén, San Jerónimo); y también teólogos importantes como Santo Tomás de Aquino.
Una vez más os recomiendo leer el libro ya citado de Ignacio de la Potterie, “María en la Historia de la Salvación” p. 67 y ss.
Como es bien sabido, la narración de Mt 1, 18-25, está hecha desde el punto de vista de San José; tal como éste vió las cosas.
Lo primero que el texto afirma es que José y María estaban ya “desposados” antes de empezar a convivir. Es decir, eran ya marido y mujer, pero faltaba la segunda parte de la boda, el traslado a vivir en la misma casa: “recibir a la esposa”.
En esta situación, José conoce por María la Anunciación que ella le comunica, sin duda de manera inmediata: dice el texto “se halló que había concebido por obra del Espíritu Santo“. No dice: notó José que María había concebido (como suele interpretarse); sino “por obra del Espíritu Santo”.
Es muy lógico que María relatase de inmediato a José (y sólo a José) la grandiosa noticia de la Anunciación. Además de que estaban ya desposados y la voluntad de Dios modificaba las cosas profundamente, se trataba de la venida del Mesías; y nada menos que de la realidad asombrosa de que el Mesías era el Hijo del Altísimo.
Se puede suponer por eso que el anuncio a San José debió acontecer casi seguido a la Anunciación a la Virgen. Porque los dos forman una sóla Anunciación: la de José no tiene por objeto tranquilizar a éste, sinó completar la primera parte dirigida a María. El papel del padre formaba parte ya de la Anunciación.
Quizá transcurrió, entre ambos anuncios, sólo el tiempo necesario para que José reflexionase, y para que decidiese equivocadamente su conducta. De este modo se manifestaría expresamente la voluntad de Dios respecto del papel de José con el Hijo, y de la continuidad del matrimonio.
La conclusión a la que llega enseguida José cuando conoce el gozosísimo contenido de la Anunciación a la Virgen (el Mesías es el Hijo del Altísimo; y de que en consecuencia, ha sido concebido sin concurso de varón), es que él debe apartarse. Porque:
él no ha sido elegido por Dios, no tiene ningún cometido en los planes divinos;
él no puede aparecer ante la gente como si fuese el padre del Hijo del Altísimo ¡que usurpación tan blasfema!
él es indigno de estar junto al Santo que va a nacer.
Además, no podía seguir como esposo de María, una vez que Dios la había tomado para una tarea tan sublime.
Pero para separarse, estando ya desposados, tenía que revelar a los sacerdotes el misterio que había acontecido. Y él no podía divulgar el misterio que Dios había realizado en secreto. Por eso, “como era justo y no quería revelar el misterio”, pensó en abandonarla en secreto, dejando así a la Virgen libre de su compromiso.
La Virgen debió “acompañar” a José en esta reflexión tan llena de lógica humana y de sentido de lo santo. Pero a las razones que San José veía tan claras, ella sólo podía oponer que la prudencia pedía esperar las indicaciones del Altísimo.
Y la voluntad de Dios llega en efecto: con el anuncio a José, Dios declara la vocación de éste: otorgará al Mesías, Verbo Encarnado, la descendencia de David; y cumplirá el papel de padre con Él. Realizará ambas misiones, siendo el esposo verdadero de María.
Hasta aquel momento, el matrimonio tenía como causa la decisión de ellos, y el amor entre ellos. Ahora, se añadía la voluntad expresa de Dios: ellos serían marido y mujer, al servicio de la Encarnación del Verbo; al servicio del mayor Don de Dios a la Humanidad.
A la vez, esta voluntad de Dios implicaba también para José la virginidad con la que Dios había sellado a María en virtud de la Encarnación del Verbo.
Nuestra imaginación se quedará siempre muy corta al pensar cómo sería el encuentro de José con María cuando él le anunció la voluntad recibida de Dios para los dos. Y también al considerar cómo se manifestaría esa vocación común en su vida de matrimonio. La unión que Dios había hecho de sus vidas le conducía a pensar todo el día lo mismo, y a querer lo mismo.
Anuncio del Ángel a San José
