EL CONCILIO DE EFESO
Nestorio no cedió y pidió auxilio al Papa Celestino. Pero éste después de estudiar despacio la doctrina de Nestorio y la de Cirilo, reunió un Sínodo en Roma y rechazó y condenó la doctrina de Nestorio. A la vista de ello, el Emperador Teodoro II convocó en el año 431 el Concilio de Efeso. La reacción del Papa fue rápida como vemos.
Pero la terminología sobre naturaleza y persona no estaba unificada en la Escuela alejandrina y en la antioquena.; a veces se producían desacuerdos que en cierto modo eran terminológicos. Además, incomodaba a los antioquenos el modo de expresarse de los alejandrinos: lo veían exagerado e impreciso.
Por ello, después de Éfeso los Obispos Orientales presididos por Juan de Antioquía, aunque rechazaban la doctrina de Nestorio, rechazaban también la terminología de San Cirilo, sobre todo en los anatematismos de su 3ª carta. Por ello el mismo Juan de Antioquía propuso en el 433 a San Cirilo un símbolo de fe redactado por Teodoreto de Ciro. Fue aceptado por San Cirilo con algunos retoques. Aceptado luego también por todos los Obispos, se le llamó “símbolo de unión”. Se le puede considerar, por tanto, como el verdadero Credo de Éfeso. Dice así:
“Confesamos, por consiguiente, a nuestro Señor Jesucristo, Hijo único de Dios, perfecto Dios y perfecto hombre con alma racional y cuerpo, nacido del Padre según la divinidad antes de todos los siglos, y de María Virgen, según la humanidad, por nosotros y por nuestra salvación: consustancial al Padre en razón de la divinidad y consustancial a nosotros en razón de la humanidad. Porque se hizo la unión de la dos naturalezas. Por eso confesamos un solo Cristo, un solo Hijo, un solo Señor. Por esta noción de la unión sin confusión, confesamos a la Santa Virgen por Madre de Dios, porque Dios Verbo se encarnó y se hizo hombre y unió a sí mismo desde el instante de su concepción el templo que había tomado de ella”.
Hemos dicho más arriba que la finalidad que movía a Nestorio era asegurar la perfecta humanidad de Jesucristo. Consideraba que el camino era afirmar en Él una persona humana además de la divina.
En el último siglo y medio, hemos visto renacer este modo de concebir la Persona de Cristo. Sobre todo, desde que en la antropología se pasó a entender la persona a partir de la psicología: como autoconciencia; autoposesión; etc. Al trasladar esto a la Cristología, a algunos -aún en nuestros días- les parece como si el no afirmar una persona humana en Cristo equivaliese a no entender a Cristo como perfecto hombre.
Es muy laudable la preocupación de que se conciba a la Humanidad de Cristo como hombre perfecto, en el que ningún aspecto humano queda absorbido o disminuido por la divinidad de la Persona. Lo exige la fe de la Iglesia. Pero esto no se logra afirmando que hay en El, de algún modo, persona humana junto al Verbo. Es precísamente el que el Verbo sea la única Persona, lo que hace que Cristo sea Hombre Perfecto.
Ese “nestorianismo residual” de que hablamos –además de ser contrario a la fe de la Iglesia- no afirma lo humano de Cristo con mayor rotundidad; al contrario, lo empobrece. Trataremos este aspecto en profundidad al estudiar más adelante el tema “Ser y Persona en Cristo.
La Virgen Madre de Dios. (Luis de Morales)