Conocer bien a Jesucristo

Febrero 13, 2008

(3)LA FE SOBRE JESUCRISTO EN LA IGLESIA APOSTÓLICA

Archivado en: Cristología — conocerbienajesucristo @ 8:01 pm

LA  CONVERSIÓN  DE  SAN  PABLO  (3)

El trasfondo de toda la doctrina que San Pablo da a la Iglesia es la fe apostólica  (“yo recibí y mi vez os transmito” les dirá a los de Corinto). En esa fe apostólica inserta San Pablo lo que él recibe del Señor, lo que será su aportación a la Revelación: su teología sobre la Redención; y su teología sobre la Iglesia como Cuerpo y Pleroma de Cristo.

Para dar en profundidad esta revelación, El Señor escoge como instrumento más idóneo a San Pablo. Porque era “escriba”; y además vivía como fariseo, es decir haciendo vida propia aquella teología de los escribas. Para entender lo que todo esto significaba, haré un breve resumen de la teología de la salvación elaborada por los Escribas.    

Cuando los israelitas vuelven de Babilonia, tienen muy arraigadas estas dos ideas: 1ª)  la destrucción de Israel ha ocurrido por no haber sido fieles a la Alianza; 2ª)  nunca más seremos  infieles a la Alianza: cumpliremos la Ley con toda fidelidad. Así se inician las Sinagogas, al servicio de la enseñanza de la Ley y de activar su cumplimiento. Y se promueve la existencia de “maestros” que estudien la Ley, la expliquen, y enseñen a guardarla al pueblo.  Al llegar la época macabea, esta decisión se agudiza. Va naciendo así como un “cuerpo” de Escribas, que realizan este cometido. La intención es lograr el perfecto conocimiento y cumplimiento de la Ley, y así enseñar la fidelidad a la Alianza.

Ese enfoque de “fiel cumplimiento de la Ley”, conduce a desarrollar los mandatos de la Ley hacia una casuística cada vez más concreta; y a buscar aplicarla a las situaciones nuevas que iban surgiendo. Se llega así a aquellos casi 600 preceptos con los que los Escribas desarrollan y concretan la Ley.  La vida farisea consistirá  precísamente en vivir este programa con toda fidelidad.

Es frecuente analizar esto bajo el aspecto de “la letra que mata el espíritu”; “la letra que esclaviza”; “la vida farisea era un modo de vivir la Alianza del todo imposible para el ciudadano normal”; etc.  etc.  Todo eso es cierto, pero no constituía la consecuencia peorLo más grave fue producir la deformación (típica en un fariseo) de que me salvo porque cumplo esos preceptos; Dios premia el haber cumplido la Ley, me salvo por mi esfuerzo y fidelidad. Porque además de ser esto un error,  con esa mentalidad no se podía entender la salvación en Cristo y por Cristo: que de su muerte procede el perdón del pecado; y de su Resurrección provienen todo los demás bienes de la salvación. No del cumplimiento mío de la Ley.

Este es el fondo del choque de Jesús con los Escribas; un choque teológico. Jesús rechaza abiertamente ese enfoque por ser falso, y porque hacía del todo  imposible recibir la salvación, insertarse en el verdadero Reino de Dios.  Y éste es el sentido profundo que tiene la parábola  del fariseo y el publicano (Lc 18, 7-14). En ella, Jesús contrapone “la santidad oficial de Israel” (la vida farisea, en aquél caso  concreto sin fallo alguno, además);  y la vida de un publicano (tenida por lo peor y más alejado en la fidelidad a Dios). Para asombro y escándalo de los escribas, aquel fariseo “no volvió a casa justificado”.

Los fariseos añadían además otras deformaciones. Por ejemplo, si algo no estaba contemplado en los preceptos que ampliaban la Ley, aquello carecía de significación salvadora; por tanto podía no cumplirse. Lo cual sucedía a veces con temas de moral natural, y de sentido común. Jesús les llamará “hipócritas”, por eso: “cuelan un mosquito y se tragan un camello”.  Aquella hipocresía no procedía de ser falsos e inmorales, sino de ese error; seguido a ciegas por motivos teológicos (“no forma parte de la Ley”);  o aceptado con gusto porque además  ”me resulta favorable”.

Pero la teología de la Salvación de los Escribas, era la oficial y más perfecta en Israel. Era impensable que el Mesías no fuese fariseo, y no impusiese el fariseismo a todos los israelitas y aún a todos los gentiles. Por eso, cuando Jesús lo rechaza radicalmente, la conclusión de ellos es: este hombre es un hereje.

Ante los milagros patentes, los escribas y fariseos necesitan postular aquella respuesta brutal: “hace los milagros por la intervención de Satanás”, “está endemoniado”. Cuanto mayores son los milagros (el ciego de nacimiento, la resurrección de Lázaro, etc.), la conclusión es matarlo aprisa.

S. Pablo estaba en este error antes de su conversión, y desde él perseguía a muerte a la Iglesia; la teología de ésta equivalía a la negación frontal del judaismo verdadero, y era para él el mayor peligro. Con la conversión de Pablo, el Señor busca al instrumento más idóneo para dar, con la profundidad máxima, la doctrina a la Iglesia en este punto:  Pablo tiene el tema planteado a fondo y en la postura errónea; y por eso comprenderá mejor que nadie el cambio que supone Jesucristo.

Esa será la línea de fondo de toda la revelación que se nos da por San Pablo: la Salvación no viene del cumplimiento de la Ley de Moisés; nos la da Cristo con su Encarnación y mediante su Misterio Pascual. Y el modo en que recibimos esa salvación es constituyéndonos en Iglesia, el Cuerpo Eclesial de Cristo, la Plenitud (Pleroma) de Cristo.   Se comprende que San Pablo tenga una especial facilidad para proponer el cristianismo a los gentiles. Que en Efesios 3, 2-22 afirme que ha recibido expresamente de  Cristo realizar este cometido. Vale la pena leer despacio este texto.

Todas sus cartas, en especial Romanos y Gálatas, exponen contínuamente la siguiente oposición: “la Ley de Moisés” (“la Ley”), “las Obras de la Ley” (“las obras”), “la carne”. Y frente a esto: “la Salvación en Cristo”, “Cristo”; “la fe en Cristo”;  “la Fe”; “el Espíritu“.  Siempre es la dialéctica de “no se nos dió ni se nos da ahora la Salvación por medio de la Ley de Moisés; sinó por la Obra de Cristo”.

Llega un momento en que S. Pablo (que respecto a este tema tiene una percepción muy viva) se da cuenta que los cristianos procedentes del judaismo, aunque no fuesen “judaizantes”, si no abandonaban totalmente la Ley de Moisés, no captarían la doctrina de Cristo en toda su profundidad. Y “movido del Espíritu Santo” (como él mismo dice) decide pedir a Pedro que esto se estudiase y se decidiese para toda la Iglesia. Así se celebra en el año 49 el Concilio de Jerusalén, el cuál no sólo declara que la salvación nos viene sólo de Cristo (lo cual era ya doctrina clara desde el Señor) sino que prescribe que se abandone totalmente la Ley de Moisés.

San Pablo escribe la carta a los Gálatas para afrontar la situación que aparece allí a causa de la llegada de unos judaizantes que proceden de Jerusalén. Y en la Carta a los Romanos hará una exposición profunda y completa de esta doctrina para toda la Iglesia.

En las cartas a los Corintios, Efesios, Colosenses, desarrollará el tema de la naturaleza de la Iglesia, como Cuerpo y Pleroma de Cristo.

En estos dos temas, la doctrina sobre la Redención  y la doctrina sobre la Iglesia, San Pablo fue quien comprendió más profundamente a Jesucristo. Fue el gran instrumento de Cristo para  revelarnos el fondo de estos dos misterios.

En San Pablo, además, alcanza su cénit la visión Trinitaria de toda la obra de Cristo. Su pensamiento y lenguage es siempre trinitario (así, cuando usa el término Dios, Zeus, siempre lo refiere al Padre) . Y  su confesión de la divinidad del Señor es siempre abierta, rotunda, atrevida. Véanse como una muestra los “comas” de Colosenses 1, 15-20; y 2, 9. Y también las doxologías de Romanos 9, 5, y de Tito 2, 13.

San Pablo es por eso, un exponente destacadísimo de la fe apostólica sobre  Jesucristo

 

AÑADIDO   (mayo 2009).

Con este post  buscaba sólo mostrar cómo San Pablo es testigo y testigo fundamental de la fe de la Iglesia Apostólica en la historicidad y en la divinidad de Cristo.

Pero a la vista del enorme interés que este post ha despertado (achaco este interés a la celebración del año de San Pablo) me ha parecido conveniente añadir algunos aspectos más de esa fe apostólica de la que San Pablo es exponente. Sigo para ello la Introducción a los escritos de San Pablo de la Biblia de Navarra, tomo V, páginas 883-886.

 

Los grandes temas doctrinales de San Pablo se pueden agrupar en los siguientes apartados:

    

    ***  La Resurrección de Jesucristo. 

                 Son contínuas las afirmación de S. Pablo acerca del hecho de la Resurreción, de las apariciones del Señor Resucitado, y de la experiencia de Él por los Apóstoles en los 40 días hasta la Ascensión. Y lo afima como recibido con toda certeza de los mismos testigos. San Pablo es continuo anunciador de la Resurrección y de sus consecuencias salvadoras.

      

 *** Jesucristo es el único Salvador.

              Es el tema que hemos desarrollado ampliamente ya. Pero San Pablo lo encuadra en el Plan Salvífico de Dios, antes de la Creación del mundo, que tan vívamente expone en sus Carta a los Efesios y Colosenses.

  

    *** El Misterio Salvífico.

             El Designio Salvífico, la Elección Divina para toda la Humanidad, antes de la Creación del Mundo, el Evangelio de Dios, o simplemente El Misterio, es la trama de la Historia de la Salvación. Esta es la perspectiva que San Pablo mantiene en todo momento, y que es también esencial que nosotros tengamos siempre como marco de nuestra fe, y de nuestra mirada al mundo.

 

    *** La Justicia y la Justificación.

          La Justicia es sobre todo la decisión Eterna de Dios de que seamos hijos en el Hijo, avalada por el hecho de la venida del Verbo al Mundo y por el Misterio Pascual.

          La Justificación, es la otra cara de esto, la incorporación de la criatura singular a esa Salvación en Cristo. Se da por iniciativa divina; Dios quiere que todos los hombres se salven; cada hombre debe corresponder personalmente, para hacer posible esa justificación.

 

     ***La Iglesia de Cristo.

          Es modo y el fruto de la Justificación: ser injertados en el Cuerpo de Cristo o Pleroma de Cristo. A él están llamados todos los hombres. No se da Salvación sino es formando parte del Cuerpo de Cristo.       

 

     *** La Vida en Cristo.  

          Es la participación de la vida Trinitaria de los justificados: viven en Cristo y de Cristo; llaman a Dios Abbá, Padre; tienen el Don del Espíritu Santo. Y exige  a cada Cristinao la vida teologal, y la vida moral. 

                         

 

 

 

 

  

Aún no hay comentarios »

Aún no hay comentarios.

Canal RSS de los comentarios de la entrada. URI para TrackBack.

Deja un comentario

Blog de WordPress.com.