EL HIMNO CRISTOLÓGICO DE PHIL 2, 6-11 (2)
En la carta a los filipenses, escrita hacia el año 56-57, recoge San Pablo un Himno cristológico de una profundidad y belleza supremas. He aquí el texto de Pablo:
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Tened entre vosotros los mismos sentimientos que tuvo Cristo Jesús,
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el cuál siendo de condición divina, no tuvo inconveniente en no aparecer igual a Dios (lo subrayado es traducción libre mía)
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sino que se anonadó a sí mismo tomando la forma de siervo, hecho semejante a los hombres;
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y mostrándose igual que los demás hombres, se humilló a sí mismo haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz.
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Y por eso lo exaltó y le otorgó el nombre que está sobre todo nombre,
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para que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en los cielos , en la tierra y en los abismos,
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y toda lengua confiese: “¡Jesucristo es el Señor!”, para Gloria de Dios Padre.
Como vemos desarrolla con profundidad y belleza admirables, las diversas etapas del Misterio (acción salvadora) de Cristo: la preexistencia divina; la humillación de la Encarnación (kenosis, abajamiento), y la humillación de la Cruz; la glorificación celeste; la adoración del universo; y el nuevo título de Kyrios conferido a Cristo. Como es evidente, se trata del Jesús histórico, Dios y hombre, en la unidad de su personalidad concreta. Esta no está disociada en ningún momento, aunque se distinguen los diversos estados de su existencia.
Son innumerables los estudios sobre este Himno. Por ejemplo, el de C. Basevi en “Scripta Theologica”Vol 30, Fasc 2, pág439.
Lo aceptado comúnmente es: se trata de una composición cristológica (la solemos llamar himno, que el DRAE define como ”composición poética en honor de alguien”). Tiene un núcleo básico aramaico procedente sin duda de la Iglesia de Jerusalén. Ese núcleo ha sido enriquecido al hacerse la versión al griego. Y por último S. Pablo lo retoca y para inluirlo en su Carta. S. Pablo lo incluye sin más, sin ninguna presentación, como algo habitualmente usado por los cristianos.
Es muy probable que S. Pablo lo haya conocido en su primera estancia de 15 días junto a San Pedro en Jerusalén, al final de la década de los 30 (aunque el himno se fuese luego perfeccionando al ser usado de modo contínuo por la Iglesia). Esa estancia junto a San Pedro es la que el mismo San Pablo dice haber buscado para tener la fe apostólica plena, y de la que procede aquél “yo recibí del Señor Jesús lo que a mi vez os he transmitido” Es decir, “lo que recibí del Señor a través de sus testigos los Apóstoles, para entregarlo fielmente” (“Tradere“, Tradición).
El Himno muestra una cristología sumamente rica y profunda, que a San Pablo debió de parecerle una joya. Una cristología que procede de la primera generación apostólica, y que probablemente en su núcleo esencial aramaico está redactada en Jerusalén bajo los Apóstoles. Es por tanto, una expresión de la fe en los años 30, aunque nos la trasmita San Pablo 20 años después.
