JESÚS, EL HIJO DE DIOS (3)
Puesto que Jesús es el Hijo del Padre, se sigue que incluso el más pequeño detalle humano de Nuestro Señor tendrá sumo interés. Pongamos por caso, la calidad que tuviese la lengua griega que podía hablar, al ser Galileo: ¿era el griego coloquial, usado en Séforis, la Capital situada a 6 Km de Nazareth? ¿O también el griego culto de los escritores o de los filósofos?. Lo mismo podríamos decir: de su vestido; de sus costumbres; de cuál fue su oficio exactamente; de otros aspectos de su vida oculta; de su modo de proceder o su “estilo” de enseñar como Rabí.
Pero todo eso no puede jamás desplazar, ni menos aún permite soslayar, la condición básica y estremecedora de Jesús: Él es el Hijo de Dios; es Dios con nosotros; es el Salvador; es la venida de Dios al mundo: “El Verbo de Dios se hizo carne y habitó entre nosostros, y hemos visto su gloria, gloria como del Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad” (Jn 1, 14). Estudiar la figura de Jesucristo dejando a un lado lo que acabamos de decir de Él, resulta totalmente cómico.
Esto sucedía ya con las “Vidas de Jesús” de la “Escuela Liberal” protestante de la segunda mitad del siglo XIX. Pero sucede también en los estudios sobre Jesús de bastantes autores actuales. Con frecuencia se centran en aspectos secundarios: su condición judaica; sus rasgos y actuación de Rabino, como los de su época; su condición de Profeta como en el V. T.; sus actitudes de judío “marginal”, que se relaciona con los marginales del momento; incluso su parecido a los filósofos; o ser un “revolucionario”. Y tantos otros aspectos que son absolutamente secundarios e incluso a veces carecen del menor fundamento .
Resulta cómico buscar en eso la explicación de su vida y de su huella, y soslayar lo que Jesús afirma como esencial: su divinidad como el Hijo del Padre, y su misión salvadora.
Aún resulta más incongruente la actitud tan frecuente de “admirar a Jesús por su grandeza moral, por su entrega a los demás, por la pureza de su sentimientos y de su religiosidad, por su solidaridad con el hombre que sufre, etc. etc.”; y a la vez no creer en su divinidad.
Porque quien afirma de sí mismo de modo rotundo y contínuo, que es el Hijo de Dios, consustancial al Padre, y enviado por el Padre, sin serlo realmente; o es un loco, un paranoico; o es un impostor blasfemo. Es decir, no es alguien a quien se pueda seriamente admirar, ni siquiera mirar con respeto.
Jesús, o es el Hijo de Dios como Él afirma; o de lo contrario no es bueno ni admirable. Y sin embargo, este planteamiento absurdo y contradictorio lo seguimos encontrando de modo mimético en bastantes personas.
Es aleccionador lo que Jesús pide a sus propios discípulos en cuanto a decir lo que Él es. Cómo les pide que no se queden en lo superficial y externo. Lo comenta Juan Pablo II en la Carta Apostólica “Al comienzo del Nuevo Milenio”, n. 19:
“… en la conocida escena de Cesarea de Filipo, pregunta a los discípulos, como haciendo un primer balance, quién dice la gente que es él, recibiendo como respuesta: “unos que Juan Bautista; otros, que Elías; otros que Jeremías o uno de los profetas” (Mt 16, 14). Respuesta elevada, pero distante aún -¡y cuánto!- de la verdad. El pueblo llega a entrever la dimensión religiosa realmente excepcional de ese rabbí que habla de manera fascinante, pero no consigue encuadrarlo entre los hombres de Dios que marcaron la historia de Israel. En realidad, ¡Jesús es muy distinto! Es precísamente este ulterior grado de conocimiento, el que atañe al nivel profundo de su persona, lo que Él espera de los “suyos”: “Y vosotros ¿quien decís que soy Yo?” (Mt 16, 15). …Pedro contesta yendo a la profundidad del misterio: “Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo” (Mt 16, 16).
Antológicas, estas palabras de Juan Pablo II.
¡A cuántos hace hoy nuestro Señor Jesucristo esa misma pregunta, dirigida a los Apóstoles: VOSOTROS, ¿QUIEN DECÍS QUE SOY YO ?!
Banias: lugar donde la Tradición situa el diálogo de Jesús y Padro
