Conocer bien a Jesucristo

Junio 19, 2008

SER Y PERSONA EN CRISTO

Archivado en: Cristología — conocerbienajesucristo @ 4:30 pm

 

SER  Y  PERSONA  EN  CRISTO  (1)

 

La definición de fe de Calcedonia contiene esto: “Creemos  en un solo y mismo Cristo Señor, en dos naturalezas: inconfusas, inmutables, indivisas, inseparables…perfecto en la humanidad, consustancial a nosotros según la humanidad, en todo semejante a nosotros… salvándose la propiedad de ambas naturalezas que concurren en una Persona”

 

La Persona, por tanto, no puede pertenecer a la Naturaleza, no puede formar parte de ella, o perfeccionarla o acabarla. Y al mismo tiempo, es plenamente Persona de ella.

 

 

La pregunta es: ¿qué otorga la Persona a la Humanidad de Cristo? ¿Qué es ser Persona de esa Humanidad? ¿Qué unión hay entre el Verbo y la Humanidad de Cristo?

 

 

No puede tratarse de una unión sustancial, aquella que constituye a una naturaleza (por ejemplo, la del alma y el cuerpo). La naturaleza de Cristo es perfecta en cuanto tal, no la modifica el hecho de la Encarnación.

 

No puede tratarse de una unión accidental; es decir, que la Persona fuese un accidente de la Naturaleza, al modo como la Gracia inhiere en el alma. En María, aunque posea  la plenitud de la Gracia, ésta inhiere también como accidente en el alma.  Por eso, cuando algunos definen a Cristo  con expresiones como “el hombre en el que Dios está de modo más pleno” o expresiones semejantes, sencillamente se está hablando en el nivel en la unión accidental de la Gracia; no en el nivel de la Unión Hipostática.

 

 

La perspectiva que permite un análisis más profundo y que arroja mayor claridad teológica es la de la composición metafísica del ser: la composición de esencia y acto de ser.

 

Tiene además la ventaja añadida de que esos términos están en continuidad con las nociones comunes de “persona” y “naturaleza” utilizadas por la Revelación y los Concilios.

 

 

(2)

 

 

Repaso de la composición metafísica de los entes

 

Los principios metafísicos en los seres o entes son dos:

         “Esencia” metafísica: aquello que las cosas son

         “Acto de ser” (esse): lo que hace que las cosas sean verdaderamente

 

El “esse” es “principio de perfección” ilimitado;

La “esencia” limita y circunscribe ese acto de ser.

 

El “esse” no “configura” la esencia. El “esse” es el acto que hace que cualquier cosa exista. Por eso tampoco debe se confundido con la “existencia”; esta es el hecho de ser o existir; el resultado de tener el “acto de ser”.

 

El “acto de ser” (“esse) no se da en la realidad si no es “actuando” a una esencia. La “esencia” tampoco es antes de recibir el acto de ser. Ambos cooprincipios metafísicos se dan simultáneamente, aunque se distinguen realmente.

 

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En el hombre, la naturaleza humana junto con sus accidentes (color de la piel, estatura, etc.), es persona  (es hombre) cuando tiene el acto de ser, y por ello existe realmente. Esto es lo más radical y profundo que cabe decir de la persona humana: que tiene razón de esse para el hombre singular.

 

En Cristo sabemos por la Revelación:

 

1º)  que la naturaleza humana es perfecta y no ha perdido ni adquirido por la Encarnación ninguna de las propiedades que le corresponden.

 

2º)  que la única Persona es el Verbo; es decir, que Cristo no “es” en virtud de un esse humano, sino del esse de Verbo.

 

Esto excluye absolutamente, como dijimos, una unión sustancial (como el alma y el cuerpo). También excluye absolutamente que se trate de una unión accidental (como la Gracia en el alma).

 

Sólo puede ser una unión de cooprincipios metafísicos: esencia y esse.

 

 

 

 

                                                      (3)

 

 

El Verbo es en Cristo el acto de ser de la Humanidad, de su ser Hombre. El Verbo “actúa” (da el acto) a la naturaleza humana; no la informa (no entra en composición con la naturaleza, ni es forma de ella). 

 

Es el acto de ser, el esse, por el que esa naturaleza existe como el Hombre Jesús.  El Verbo es la Persona que tiene como suya la naturaleza humana. Lo mismo que el YO de cualquiera de nosotros. Se trata de un misterio inabarcable por nuestra mente, pero que en base a las nociones metafísicas, se hace inteligible.

 

La Naturaleza humana de Cristo no posee un esse humano (una persona humana) porque su esse, que lo hace persona, lo otorga el Verbo. No hay dos personas en Cristo, sino una sólo que es el Verbo.

 

La naturaleza humana es perfecta y completa en cuanto tal, y el Verbo no la cambia o modifica (“sin cambio, sin confusión”, dice Calcedonia). El Verbo la hace ser  hombre. Y el Verbo, al ser la Persona, lo es todo para ese Hombre ya que le otorga todo el acto de ser y es permanentemente todo su acto de ser. Distinto de la naturaleza humana y a la vez siéndolo “todo” para la naturaleza humana. Decimos por eso con toda propiedad: “el Verbo se hizo hombre”.

 

Sólo la razón de “acto de ser” puede explicar la Unión Hipostática.

 

Por otra parte, el que sea el Verbo quien otorga el acto a la naturaleza humana, hace que Jesús, también en cuanto hombre, sea Hijo del Padre verdaderamente; que no lo sea sólo el Verbo en la Trinidad.

 

 

Si se capta con profundidad y nitidez lo que es el esse, no se plantea ningún tipo de causalidad formal: composición con la naturaleza; mezcla de lo divino y de lo humano; etc.)  Son dificultades que a veces se oyen.

 

 

A esto llamamos la Unión Hipostática. 

 

————————–

 

 

 

                                               (4)

        

Añadido. 

 

Cuando Boecio (siglo VI) definió la persona como “sustancia individual de naturaleza racional”, en el fondo la definió a partir de la naturaleza. 

 

Cuando la Teología tomó esta perspectiva para estudiar la Persona en Cristo, insensiblemente se cayó en la confusión de ver la Persona como una perfección o acabamiento de la naturaleza, en orden a existir de facto.

 

Cuando Santo Tomás trató el tema, como él era tan respetuoso con la Teología anterior, trató de reconducir el tema definiendo la persona como “subsistencia”, pero en el sentido de “acto de ser”. 

 

Pero los que le siguieron después (Cayetano, etc.) (a excepción de Capreolo) interpretaron esa subsistencia  como un “modo sustancial” o una perfección de la esencia cara a existir.

 

Más tarde, en la Modernidad se identificó persona con “autoconciencia” “incomunicabilidad” “suididad”, etc. En definitiva, con propiedades de la naturaleza humana que existe. Son, es cierto, propiedades que posee en último término la Persona, pero que no expresan lo que es radicalmente y en verdad la Persona.  

                                                           SábanaSanta                                                                                                                                                                        Santo  Sudario                                                                                   

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

                                                              

 

 

                                                       

 

EL CONCILIO DE CALCEDONIA

Archivado en: Cristología — conocerbienajesucristo @ 3:08 pm

Hacia el Concilio de Calcedonia

 

Nicea y Calcedonia son sin duda  los Concilios decisivos  para la Cristología; los  de mayor importancia. El de Nicea explicó la fe apostólica en la  divinidad de Cristo definiendo  la consustancialidad del Verbo  con el Padre.

 

El Concilio de Calcedonia, completó lo iniciado en el de  Éfeso, y supone prácticamente la culminación de la teología sobre el Verbo Encarnado.

 

Efeso definió que en Cristo hay una sola Persona, el Verbo, que es también Persona para la naturaleza humana. Y que la unión de las naturalezas, sin mezclarse,  tiene lugar en la Persona. Pero a algunos de los seguidores de San Cirilo no les gustaba hablar de dos naturalezas después de la unión, porque les parecía que era acercarse al nestorianismo.

 

En ese clima surge el error de monje Eutiques: afirma que si bien Cristo es Persona de dos naturalezas (ex duobus naturis), por la unión que hay entre ambas ya no subsiste in duobus naturis, sino en una sola naturaleza. La  humana habría quedado absorbida en la divina. A este error se le denominará luego “monofisismo” (una sola naturaleza).

 

 

En 448 la doctrina de Eutiques es condenada por el Sínodo de Constantinopla y el Patriarca  de esa Iglesia se lo comunica por carta al Papa San León Magno. Éste, para ayudarle a clarificar la doctrina, le envía, también por carta, un documento de su Magisterio,  pensado para que se leyese en el Concilio que para esto se iba a convocar. Ese documento se ha denominado  desde entonces el “Tomo a Flaviano”  ó “Tomo Leonino”  (os recuerdo lo dicho acerca de la Escuela teológica de Roma, cuando hablamos de las Escuelas de Cristología: Logos-sarx; y Logos- anthropos)

 

El Tomo Leonino  es  una magnífica síntesis Magisterial, clara y profunda, de la doctrina sobre la Unión Hipostática. Su importancia está en que constituirá la luz y guía del Concilio de Calcedonia. Aunque su contenido lo expondremos luego al recoger las palabras de Calcedonia, digamos ahora que San León  después de afirmar la fe de Nicea y la de Efeso, afirma  la total integridad y perfección de las dos naturalezas, unidas en el único sujeto: la divinidad no ha anulado nada de la humanidad; las dos naturalezas permanecen “sin confusión, sin cambio, sin división, sin separación”.

 

San León va más allá de la condena al monofisismo. Clarifica la formulación doctrinal de toda la fe apostólica sobre Jesucristo. Cuanto se diga sobre la importancia que tuvo el Tomo Leonino siempre será poco.

 

 

EL  CONCILIO  DE  CALCEDONIA

 

Tuvo lugar en el 451 y fue el más numeroso  de la antigüedad: casi 400 Obispos casi todos de Oriente. El Papa San León Magno fue representado por tres Legados. El Concilio duró poco tiempo, el mes. El momento álgido fue la lectura del Tomo Leonino. Cuando los padres Conciliares lo oyeron, clamaron a una voz. “Pedro ha hablado por la boca de León”. He aquí el texto central aprobado:   

 

”Siguiendo a los a los Santos Padres, enseñamos  todos concordemente que  ha de confesarse uno sólo y mismo Hijo, Nuestro Señor Jesucristo, el mismo  perfecto en la divinidad y el mismo perfecto en la humanidad, verdadero Dios y verdadero hombre, de alma racional y cuerpo, consustancial al Padre según la divinidad y consustancial a nosotros según la humanidad, en todo semejante a nosotros, excluido el pecado (Heb 4, 15); antes de los siglos engendrado por el Padre según la divinidad, y según la  humanidad por la Virgen Madre de Dios, en los últimos tiempos.

 

Creemos en un solo y mismo Cristo Señor Hijo Unigénito, en dos naturalezas

sin confusión, sin cambio, sin división, sin separación, no habiendo sido nunca suprimida la diferencia de las naturalezas por motivo de la unión, al contrario, salvada la propiedad de ambas naturalezas, que concurren en una sola Persona y sen una sola hipóstasis, no partido o dividido en dos personas, sino un mismo y solo Hijo Unigénito Dios Verbo Señor Jesucristo… como el mismo Jesucristo nos enseñó, y como nos trasmitió el Símbolo de los Padres”.

  

            (Hemos escrito en letra color verde las palabras esenciales,

                         decisivas, que a continuación vamos a  glosar)

 

Destaca en primer lugar la fórmula  “una Persona en dos naturalezas”, y no “dos naturalezas en una Persona”.  Calcedonia pensó mucho esta expresión.   Cuando se dice “dos naturalezas unidas en la Persona” no se dice un error, pero sí se hace una formulación imperfecta. Es más perfecta “una Persona en dos naturalezas” este es el lenguaje acertado.  

 

Destaca también el empleo de los 4 adverbios: cualifican a las naturalezas, en concreto a la naturaleza humana: sin confusión, sin cambio, sin  división, sin separación.

 

La unidad del sujeto está en la Persona, la duplicidad de sus perfecciones, está en las dos naturalezas.

 

Y las propiedades de las naturalezas se contemplan después de la unión en la persona, no antes.

 

Calcedonia  además, por el uso que hace de los términos fisis, ousía, hipóstasis y prósopon   unifica la terminología teológica que antes no era del todo coincidente en las distintas Escuelas.

  

¡¡¡  Qué  importante  ha  sido  el  Concilio  de  Calcedonia  para  la  fe  y para  la Cristología  !!!  Cuando algunos teólogos han propuesto hacer Cristologías no calcedonianas, dicen, hay que sonreir; pero además, se puede también sospechar de su ortodoxia

 

                                               San León Magno (Papa)

                                                                   

                                                        

Junio 13, 2008

EL CONCILIO DE EFESO

Archivado en: Cristología — conocerbienajesucristo @ 6:14 pm

  Nestorio no cedió y pidió auxilio al Papa Celestino. Pero éste después de estudiar despacio la doctrina de Nestorio y la de Cirilo, reunió un Sínodo en Roma y rechazó y condenó la doctrina de Nestorio. A la vista de ello, el Emperador Teodoro II convocó en el año 431 el Concilio de Efeso. La reacción del Papa fue rápida como vemos.  

Después de una primera parte agitada, ya presentes los legados del Papa, el Concilio aprobó solemnemente la doctrina de la 2ª carta de Cirilo, condenó la doctrina de Nestorio, y depuso a éste. Los puntos principales de la enseñanza del Concilio pueden resumirse así:  

 

 

 

Cristo es un solo sujeto (hypóstasis), una sola Persona divina (prósopon); el mismo que es Dios, es hombre mediante la unión de la naturaleza (fysis) divina con la naturaleza humana, en la misma persona. Por consiguiente, la Virgen María es verdadera Madre de Dios (Theotókos) “porque engendró según la carne al Verbo de Dios hecho carne”; no puede afirmarse que Jesucristo sea un hombre divinizado o adoptado como Hijo. Cristo debe ser adorado con una única adoración. Deben atribuirse a la Persona del Verbo también los aspectos propios de la condición humana. 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Pero la terminología sobre naturaleza y persona no estaba unificada en la Escuela alejandrina y en la antioquena.; a veces se producían desacuerdos que en cierto modo eran terminológicos. Además, incomodaba a los antioquenos el modo de expresarse de los alejandrinos: lo veían exagerado e impreciso.  

 

Por ello, después de Éfeso los Obispos Orientales presididos por Juan de Antioquía, aunque rechazaban la doctrina de Nestorio, rechazaban también la terminología de San Cirilo, sobre todo en los anatematismos de su 3ª carta. Por ello el mismo Juan de Antioquía propuso en el 433 a San Cirilo un símbolo de fe redactado por Teodoreto de Ciro. Fue aceptado por San Cirilo con algunos retoques. Aceptado luego también por todos los Obispos, se le llamó “símbolo de unión”.  Se le puede considerar, por tanto, como el verdadero Credo de Éfeso. Dice así:

“Confesamos, por consiguiente, a nuestro Señor Jesucristo, Hijo único de Dios, perfecto Dios y perfecto hombre con alma racional y cuerpo, nacido del Padre según la divinidad antes de todos los siglos, y de María Virgen, según la humanidad, por nosotros y por nuestra salvación: consustancial al Padre en razón de la divinidad y consustancial a nosotros en razón de la humanidad. Porque se hizo la unión de la dos naturalezas. Por eso confesamos un solo Cristo, un solo Hijo, un solo Señor. Por esta noción de la unión sin confusión, confesamos a la Santa Virgen por Madre de Dios, porque Dios Verbo se encarnó y se hizo hombre y unió a sí mismo desde el instante de su concepción el templo que había tomado de ella”.

 

                                                               ————-

Hemos dicho más arriba que la finalidad que movía a Nestorio era asegurar la perfecta humanidad de Jesucristo. Consideraba que el camino era afirmar en Él una persona humana además de la divina.

En el último siglo y medio, hemos visto renacer este modo de concebir la Persona de Cristo. Sobre todo, desde que en la antropología se pasó a entender la persona a partir de la psicología: como autoconciencia; autoposesión; etc. Al trasladar esto a la Cristología, a algunos -aún en nuestros días- les parece como si el no afirmar una persona humana en Cristo equivaliese a no entender a Cristo como perfecto hombre.

Es muy laudable la preocupación de que se conciba a la Humanidad de Cristo como hombre perfecto, en el que ningún aspecto humano queda absorbido o disminuido  por la divinidad de la Persona. Lo exige la fe de la Iglesia. Pero esto no se logra afirmando que hay en El, de algún modo, persona humana junto al Verbo. Es precísamente el que el Verbo sea la única Persona, lo que hace que Cristo sea Hombre Perfecto.

Ese “nestorianismo residual” de que hablamos –además de ser contrario a la fe de la Iglesia- no afima lo humano de Cristo con mayor rotundidad; al contrario, lo empobrece.  Trataremos este aspecto en profundidad al estudiar más adelante el tema “Ser y Persona en Cristo”

 

Marzo 16, 2008

UNA SOLA PERSONA EN CRISTO (1)

Archivado en: Cristología — conocerbienajesucristo @ 7:37 pm

 

 ANTECEDENTES  (1) 

Simplificando el tema, se puede decir que a comienzos del Siglo V se han formado en la Iglesia dos grandes corrientes en la teología sobre Cristo: la alejandrina y la antioquena. Están relacionadas con las principales sedes episcopales: la primera con Alejandría; la segunda con Antioquia y Constantinopla.

Ambas corrientes contribuyen decisivamente al avance de la cristología mediante teólogos de gran importancia. En ambas corrientes, surgen también errores teológicos graves. Estas escuelas fueron de gran importancia en la teología acerca de la Persona en Cristo. 

A la vez, Roma cuenta también con la ayuda de otra corriente teológica importante que realiza un gran servicio a las intervenciones del Papa en los Concilios. Esta corriente supone una gran ayuda para el Papa San León Magno en lo que se denomina Tomus ad Flavianum (Obispo de Constantinopla) o Tomus Leoninus, que fue decisivo para el Concilio de Calcedonia. Esta corriente latina sabe mantener una postura de equilibrio entre las corrientes alejandrina y antioquena; y a la vez, de fidelidad exquisita a la Tradición de fe de la Iglesia. 

 Hunde sus raíces en Tertuliano y tiene su expresión cumbre en San Agustín. De ella forman parte S. Hilario de Poitiers, San Pedro Crisólogo, San Ambrosio, etc.

La corriente Logos-sars. 

Se suele decir que la corriente alejandrina se resume en el enfoque Logos-sars: “el Verbo se hizo carne”. Tiene preocupación por subrayar la divinidad de Cristo y defender la unidad de la Persona. Pero atiende poco a subrayar la plenitud o perfección de la Humanidad de Cristo, en cuanto tal

 Al poner el acento en que el Verbo se ha Encarnado y que la humanidad de Cristo es humanidad del Verbo Encarnado, la Persona Divina está siempre en el centro; es el sujeto de las dos naturalezasA la vez, les cuesta más considerar la naturaleza de Cristo como una naturaleza humana perfecta y completa.

El monofisismo (”una sola naturaleza”) surgirá dentro de esta corriente; aunque ciertamente es combatido enseguida desde dentro de esta Escuela. Como lo fue Arrio por San Atanasio, o el semiarrianismo por los Padres Capadocios.  

 La corriente Logos-ánthropos.

La corriente antioquena toma fuerza a final del s. IV y sigue el esquema Logos-ánthropos, “el Verbo se hizo hombre”.  Su teología tiene una gran hondura metafísica.

Subraya siempre  con fuerza la humanidad de Cristo,  completa y perfecta en todas sus operaciones; nunca absorbida o disminuida por la divina. Y se esfuerza para que la Unión Hipostática no se conciba como mezcla de naturalezas. De ahí también su peligro de considerar la Encarnación como una cierta inhabitación.

Figuras importantes de ella fueron, por ejemplo, Teodoro de Mopsuestia, Teodoreto de Ciro, San Juan Crisóstomo. El error que surge en  ella es Nestorio, ciertamente combatido también desde esta corriente.   

Como digo, las dos escuelas o corrientes fueron importantes para superar los errores teológicos sobre Jesucristo, y para la formulación de una cristología en concordancia perfecta con la fe apostólica.

 

 

 

 

 

Marzo 1, 2008

EL ARRIANISMO (bis)

Archivado en: Cristología — conocerbienajesucristo @ 6:25 pm

He aquí el Credo de Nicea:

“Creemos en un sólo Dios Padre Todopoderoso, creador de todo lo visible y lo invisible. Y en un sólo Señor Jesucristo, Hijo de Dios, unigénito engendrado del Padre, es decir, de la substancia del Padre, Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado, no creado, consustancial al Padre (homoousion to Patri), por quien han sido creadas todas las cosas en el cielo y en la tierra. Por nosotros los hombres y por nuestra salvación bajó del cielo y se encarnó y se hizo hombre, padeció y resucitó al tercer día, subió al cielo y vendrá a juzgar a vivos y muertos. Creemos en el Espíritu Santo. –A los que dicen: “Hubo un tiempo en que no existía” o “No existía antes de ser engendrado” o “Ha sido creado de la nada”, o afirman que deriva de otra hipóstasis o substancia o que el Hijo de Dios es creado, o mutable o alterable, a todos esos los condena la Iglesia católica y apostólica”.

Debate posterior a Nicea. La fórmula de Nicea dejó espacios que permitieron que continuase la discusión. No se había precisado si esa “consustancialidad” implicaba no sólo igualdad con el Padre, sino también identidad numérica: “un sólo Dios”. A esto se acogió una corriente de semiarrianos que pedían reformar el homoousios porque consideraban podía favorecer el sabelianismo. Esta discusión terminó casi 60 años después, con el Concilio de Constantinopla (año 381). El Credo promulgado por este Concilio, sigue el de Nicea; lo perfecciona; y le añade la confesión de fe relativa al Espíritu Santo.

Los añadidos cristológicos a Nicea más importantes fueron:

1.  (engendrado)  antes de todos los siglos2. (se encarnó)  del Espíritu Santo y de María Virgen.   3.  fue crucificado por nosotros bajo Poncio Pilato.  4. fue sepultado.  5. (resucitó al tercer día)  según las Escrituras.  6. está sentado a la derecha del Padre.  7. (de nuevo vendrá) con gloria.  8. y su reino no tendrá fin. 

El añadido respecto al Espíritu Santo dice: ” Creemos en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida, que procede del Padre, que con el Padre y el Hijo recibe una misma adoración y gloria, y que habló por los profetas. Creemos en la Iglesia una, santa, católica y apostólica. Confesamos la resurrección de los muertos y la vida del mundo futuro. Amén.

En toda esa lucha contra el semiarrianismo, y en el proceso paciente e inteligente de atraer a los semiarrianos a la ortodoxia, fueron clave los Padres Capadocios: S. Basilio (+396), S. Gregorio de Nazancio (+390), y S. Gregorio de Nisa (+396).

(Había escrito muchas más cosas, pero las omito para abreviar y pasar a la permanencia en nuestros días del arrianismo). Podéis encontrar muy bien desarrollados en cualquier manual de Cristología, el presente tema y todos los demás. El manual que suelo aconsejar a mis alumnos es: “El Misterio de Jesucristo”; 3ª edición.  Autores: “Ocáriz; Mateo-Seco; Riestra”. Editorial  EUNSA (Pamplona).

La  prolongación del arrianismo

A pesar de la clara y definitiva condena y refutación del arrianismo, éste continuó vivo durante bastante tiempo, quizá por tener aquel atractivo del que hablamos atrás. El Reino Visigodo en España, por ejemplo, fue arriano hasta la Conversión del Rey Recaredo a final del siglo VI.

Pero la tendencia arriana en Cristología permanece presente.

Hay autores en pleno siglo XX que sostienen que Jesús es un hombre al que el Padre hace hijo en el Bautismo y le otorga entonces misión y poderes divinos. Esto es sencillamente adopcionismo de Pablo de Samosata. 

Pero hay además una tentación arriana que ha recorrido la historia del cristianismo y que se resume en reducir a Jesucristo a un hombre del todo excepcional, que procede del ámbito de Dios, que es Hijo a quien Dios ama, que es enviado por Dios al mundo, que posee poderes divinos, que ha sido resucitado por Dios, etc. etc.; pero que no es Dios como el Padre, no es consustancial al PadreAsí hablaba también Arrio.

Da lo mismo que se le ensalce de modo emocionado y vibrante. Si no es el Verbo Encarnado, consustancial con el Padre en la Trinidad, no es Jesucristo.  Aunque se le presente como hombre excepcional, tal como ninguno otro lo ha sido. O como ungido y santificado por Dios y enviado de Dios para los hombres. Si  no se tiene en cuenta  que es el Verbo Trinitario que se ha Encarnado, y que es consustancial al Padre, seguimos en el arrianismo.

Si sólo se presenta a Cristo en lo ”humano”, como “el hombre para los hombres”; si se describe largamente su condición de profeta, de Rabí, de judío de su tiempo o se resalta lo que en cada caso piense el autor que es el papel de Jesús dentro de la Alianza; si se le estudia con detalle   en relación con el mundo del Israel en que vivió, etc. etc.; pero al mismo tiempo se soslaya cómo y qué es su divinidad (la consustancialidad con el Padre), entonces, aunque se hable de Jesús con gran admiración y entusiasmo,   podemos decir que hay un enfoque arriano.  También Arrio afirmaba con gran fuerza que el Padre había creado  al Verbo con condición divina, santo, por encima de todo lo creado; pero negando que fuese Dios como el mismo Padre.

 

Con alguna frecuencia  se quedan en ese nivel los que intentan estudiar a Jesucristo desde la pura crítica histórica sólo. No todos, por supuesto. Pero  esto, por ejemplo,  es lo que acaba de hacer Pagola. Y naturalmente no comprende que se acuse a su libro de actitud arriana, afirmando indignado que él no es arriano.

¡Qué importantes han sido para la teología trinitaria y para la cristología los Concilios de Nicea y I de Constantinopla!

 

San Basilio de Capadocia                Iglesia de San Basilio en Moscú

                                           

San Gregorio de Nizancio

    San Gregorio de Nisa

Febrero 29, 2008

FORMULACIÓN TEOLÓGICA DE LA FE REVELADA (2)

Archivado en: Cristología — conocerbienajesucristo @ 1:05 pm

EL ERROR DE ARRIO (2)

Arrio, oriundo de Libia (260-336), Presbítero de Alejandría, centra el gran debate teológico que desemboca en el Concilio de Nicea (325).

Además de tener prestigio como teólogo y como asceta, podía presentarse como exponente de la importante teología alejandrina, procedente de Orígenes. Escribió La Thalía (el Banquete); cartas; discursos; etc. Sus escritos fueron destruidos después de su condena, de modo que sólo nos han llegado 3 cartas y varios fragmentos de La Thalía. Además de las citas de todos los que lucharon contra él. Hacia el 320 comenzó a difundir su doctrina.

Arrio lleva al extremo el subordinacionismo de Pablo de Samosata, pero de un modo que él considera acorde con la fe apostólica. Para salvar el Dios Único, busca explicar la relación Hijo-Padre en la Trinidad, de modo que manifieste la absoluta trascendencia del Padre, el único que es Dios. Y lo hace del siguiente modo.

El Hijo procede del Padre. Y procede antes de la Creación del Mundo. Pero el Hijo es criatura del Padre; no consustancial con Él. El Padre crea al Hijo en el seno de Dios; lo enriquece con atributos divinos (santidad, sabiduría, poder); lo hace existir antes de la Creación, de modo que el Hijo está por encima de la Creación. El Hijo está en Dios; pero creado por el Padre. No es consustancial con el Padre, y por tanto no es Dios como el Padre.

Así se expresa Arrio: “Dios no siempre fue padre; sino que alguna vez Dios estaba sólo sin ser Padre; y más tarde se hizo Padre. No siempre existió el Hijo; porque habiendo sido hechas todas las cosas de la nada, y siendo todas las cosas criaturas y obras, también el Verbo de Dios fue hecho de la nada, y alguna vez no existía; ni existía antes de ser hecho, sino que también Él tuvo principio al ser Creado”.

En su defensa escribe: “El Hijo no es engendrado ni es parte del Ingénito (el Padre), ni deriva de un sustrato; sino que por voluntad y decisión del Padre, ha venido a la existencia antes de los tiempos y de los siglos, plenamente Dios, unigénito, inalterable. Y antes de haber sido engendrado o creado o fundado (Prov. 8, 22-25), no existía. Porque no era ingénito. Nos persiguen porque decimos: “El Hijo tiene principio, mientras que Dios es sin principio”. Por eso nos persiguen, y porque hemos dicho. “no viene de la nada”. Lo hemos dicho porque no es parte de Dios, ni deriva de un sustrato” (Carta a Eusebio de Nicomedia).

La doctrina de Arrio es tentadora y tuvo gran aceptación. Parece que casi la mitad de los Obispos se sintieron atraídos por ella. Les parecía que salvaba la dificultad teológica de compaginar la Unidad de Dios con la Trinidad de Personas. Les parecía que afirmaba suficientemente la condición divina del Verbo. Y que se podía seguir hablando de “venida del Verbo al Mundo”; de “Encarnación”; y de “Redención”. Por otra parte, expresaba la fe cristiana en acuerdo con la filosofía platónica (la “oficial” en Alejandría). (En este sentido, Arrio realiza un intento de helenizar el cristianismo).

Pero la doctrina de Arrio no concordaba con la Revelación recibida de Cristo por los Apóstoles, y explicada por los Padres de los siglos II y III. La Iglesia afirmó desde los Apóstoles: Un sólo Dios y Tres personas; el Hijo y el Espíritu Santo, también Dios Verdadero como el Padre. Y respecto a Cristo afirmó que era Kyrios como el Padre; consustancial.

La doctrina de Arrio fue rechazada enseguida por el Obispo de Alejandría, Alejandro. La oposición crece, llega al Emperador y al Papa, y en el año 325 (cinco años después de que Arrio inicie su difusión) se convoca en Concilio de Nicea.

San Atanasio influyó decisivamente en esa convocatoria, asistió al Concilio como diácono de Alejandro; su papel en él fue capital, unido a Osio, Obispo de Córdoba (España), gran teólogo y Delegado del Papa.

            

       San Atanasio                                              Osio, Obispo de Córdoba

El Concilio de Nicea, de acuerdo con la fe de la Iglesia, definió que el Verbo es consustancial al Padre, homoousios. Es decir, es igual al Padre en cuanto a la Naturaleza, a la divinidad. Tiene origen por generación eterna en la Trinidad; no por creación en la Trinidad como Arrio afirma.

Homoousios protege la fe trinitaria contra el subordinacionismo; y afirma nítidamente la divinidad de Jesucristo: es Dios como el Padre. Nicea es el inicio de una nueva teología de la Trinidad, y una nueva teología de Cristo; de una teología plenamente fiel a la fe apostólica.

Consustancial con el Padre, homoousios, expresa con exactitud y hondura la divinidad del Verbo, y por tanto de Cristo. Es un concepto teológicamente muy importante, y debe ser, por tanto, traducido con exactitud al hacer una versión del Credo Niceno-Constantinopolitano. Por ejemplo, en la traducción que hace el Misal castellano -al menos para España- falta esa precisión. Se dice: “de la misma naturaleza del Padre”; debería decir ”consustancial con el Padre” o “con la misma naturaleza del Padre”.

Por último, es interesante subrayar que Nicea rechaza la helenización de la fe cristiana que Arrio hacía. Es por el contrario, una afirmación del dogma cristiano, contra la filosofía platónica. Como es sabido, en todo el proceso de expresar teológicamente la Fe Revelada, no se produce la helenización de esa Fe (como algunos falsamente han afirmado). Sino por el contrario, se produce un ensanchamiento y corrección de los conceptos de la filosofía griega (que queda así enriquecida), para que se pueda expresar con ella esa la Fe Revelada.

 

 Concilio de Nicea

 

Febrero 17, 2008

FORMULACIÓN TEOLÓGICA DE LA FE REVELADA (1)

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LAS  PRIMERAS  DIFICULTADES  (1)

La fe apostólica fue muy clara y completa desde los Apóstoles, como hemos visto.

Pero en el proceso de formularla teológicamente, se produjeron perplejidades y errores. No siempre se acertaba a expresar la fe en categorías teológicas.

Tocaré este tema de modo breve.

Una primera dificultad provino del mismo Misterio de la Trinidad.

 Sobre él, la fe revelada era muy clara: un sólo Dios, Uno y Único en cuanto a la esencia, en cuanto a la divinidad. Y a la vez, Trino en cuanto a las Personas: el Padre, el Hijo, y el Espíritu Santo. 

El primer dilema fue cómo mantener teológicamente  la Trinidad de Personas manteniendo a la vez la Unidad de Dios.  Teológicamente parecían incompatibles.  Así surgió el error del monarquianismo: en Dios, en verdad, en verdad, hay una sóla Persona. El monarquianismo es un error que afectará directamente a la teología sobre Jesucristo, aunque proceda, como digo, de no atinar  expresar teológicamente el misterio de la Trinidad.

Tuvo este error dos formulaciones, a lo largo de los siglos II-III:

          el Monarquianismo modalístico o modalismo: en el fondo, dice, realmente hay una sóla Persona Divina, que se nos muestra a nosotros de tres modos: como Padre, como Hijo, y como Espíritu Santo. Sus principales formuladores fueron Sabelio, formulador máximo del modalismo (sabelianismo); Noeto de Esmirna (combatido por Hipólito); y Praxeas (combatido por Tertuliano). Marcelo de Ancira mantuvo una variante: por la Encarnación, el Padre se hizo presente por la unión temporal con el hombre Cristo

     el Monarquianismo adopcionista o adopcionismo: afirma una sóla Persona divina, el Padre; Cristo es un puro hombre, concebido milagrosamente, y que en el bautismo fue adoptado como hijo por el Padre, y gozó de particular poder divino. Se trata de un error algo menos burdo que el anterior, y que persistirá hasta el siglo IV. Teodoro de Bizancio lo inicia en el s.II. Y quien lo desarrolla más es Pablo de Samosata, obispo de Antioquía a mitad del s. III. En el año 268 el Sínodo de Antioquía lo condenó y depuso a Pablo. Pero su herejía dejó una siembra que continuó bastante tiempo. Aún en el siglo IV,  Fotino mantiene este error.

La cumbre de estos errores de raíz trinitaria es el  ARRIANISMO.

Condenado y refutado en el siglo IV, continuó vivo durante varios siglos; y aún hoy subyace en algunas explicaciones de la divinidad de Jesucristo, como veremos.

 San  Ireneo

 Orígenes

 

Febrero 13, 2008

LA FE SOBRE JESUCRISTO EN LA IGLESIA APOSTÓLICA (3)

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LA  CONVERSIÓN  DE  SAN  PABLO  (3)

El trasfondo de toda la doctrina que San Pablo da a la Iglesia es la fe apostólica  (”yo recibí y mi vez os transmito” les dirá a los de Corinto). En esa fe apostólica inserta San Pablo lo que él recibe del Señor, lo que será su aportación a la Revelación: su teología sobre la Redención; y su teología sobre la Iglesia como Cuerpo y Pleroma de Cristo.

Para dar la revelación plena acerca de estos dos aspectos, El Señor escoge como instrumento más idóneo a S. Pablo. Porque era “escriba”; y además vivía como fariseo, es decir haciendo vida propia aquella teología de los escribas. Para entender lo que esto significaba, haré un breve resumen de la teología de la salvación elaborada por los Escribas.

Cuando los israelitas vuelven de Babilonia, tienen muy arraigadas estas dos ideas: 1ª)  la destucción de Israel ha ocurrido por no haber sido fieles a la Alianza; 2ª)  nunca más seremos  infieles a la Alianza: cumpliremos la Ley con toda fidelidad.

Así se inician las Sinagogas, al servicio de la enseñanza de la Ley y de activar su cumplimiento. Y se promueve la existencia de “maestros” que estudien la Ley, la expliquen, y enseñen a guardarla al pueblo.  Cuando llega la época macabea, esta decisión se agudiza.

Va naciendo así como un “cuerpo” de Escribas, que realizan este cometido para el pueblo. La intención es lograr el perfecto conocimiento y cumplimiento de la Ley, y así enseñar la fidelidad a la Alianza.

Ese enfoque de “fiel cumplimiento de la Ley”, conduce a desarrollar los mandatos de la Ley hacia una casuística cada vez más concreta; y a buscar aplicarla a las nuevas situaciones de la vida que iban surgiendo. Se llega así a aquellos casi 600 preceptos con los que los Escribas desarrollan y concretan la Ley.  La vida farisea consistirá  precísamente en vivir este programa con toda fidelidad.

Es frecuente analizar esto bajo el aspecto de “la letra que mata el espíritu”; “la letra que esclaviza”; “la vida farisea era un modo de vivir la Alianza del todo imposible para el ciudadano normal”; etc.  etc.  Todo eso es cierto, pero no constituía la consecuencia peorLo más grave fue producir la deformación (típica en un fariseo) de que me salvo porque cumplo esos preceptos; Dios premia el haber cumplido la Ley, me salvo por mi esfuerzo y fidelidad.

Porque además de ser esto un error,  con esa mentalidad no se podía entender la salvación en Cristo y por Cristo: que de su muerte procede el perdón del pecado; y de su Resurrección provienen todo los demás bienes de la salvación. No del cumplimiento mío de la Ley.

Este es el fondo del choque de Jesús con los Escribas; un choque teológico. Jesús rechaza abiertamente ese enfoque por ser falso, y porque hacía del todo  imposible recibir la salvación, insertarse en el verdadero Reino de Dios.  Y éste es el sentido profundo que tiene la parábola  del fariseo y el publicano (Lc 18, 7-14). En ella, Jesús contrapone “la santidad oficial de Israel” (la vida farisea, en aquél caso  concreto sin fallo alguno, además);  y la vida de un publicano (tenida por lo peor y más alejado en la fidelidad a Dios). Para asombro y escándalo de los escribas, aquel fariseo “no volvió a casa justificado”.

Los fariseos añadían además otras deformaciones. Por ejemplo, si algo no estaba comtemplado en los preceptos que ampliaban la Ley, aquello carecía de significación salvadora; por tanto podía no cumplirse. Lo cual sucedía a veces con temas de moral natural, y de sentido común. Jesús les llamará “hipócritas”, por eso: “cuelan un mosquito y se tragan un camello”.  Aquella hipocresía no procedía de ser falsos e inmorales, sino de ese error; seguido a ciegas por motivos teológicos (”no forma parte de la Ley”);  o aceptado con gusto porque además  ”me resulta favorable” no tenerlo en cuenta.

Pero la teología de la Salvación de los Escribas, era la oficial y más perfecta en Israel. Era impensable que el Mesías no fuese fariseo, y no impusiese el fariseismo a todos los israelitas y aún a todos los gentiles. Por eso, cuando Jesús lo rechaza radicalmente, la conclusión de ellos es: este hombre es un hereje.

Ante los milagros patentes, los escribas y fariseos necesitan postular aquella respuesta brutal: “hace los milagros por la intervención de Satanás”, “está endemoniado”. Cuanto mayores son los milagros (el ciego de nacimiento, la resurrección de Lázaro, etc.), la conclusión es matarlo aprisa.

S. Pablo estaba en este error antes de su conversión, y desde él perseguía a muerte a la Iglesia; la teología de ésta equivalía a la negación frontal del judaismo verdadero, y era para él el mayor peligro. Con la conversión de Pablo, el Señor busca al instrumento más idóneo para dar, con la profundidad máxima, la doctrina a la Iglesia en este punto:  Pablo tiene el tema planteado a fondo y en la postura errónea; y por eso comprenderá mejor que nadie el cambio que supone Jesucristo.

Esa será la línea de fondo de toda la revelación que se nos da por San Pablo: la Salvación no viene del cumplimiento de la Ley de Moisés; nos la da Cristo con su Encarnación y mediante su Misterio Pascual. Y el modo en que recibimos esa salvación es constituyéndonos en Iglesia, el Cuerpo Eclesial de Cristo, la Plenitud (Pleroma) de Cristo.

Todas sus cartas, en especial Romanos y Gálatas, exponen contínuamente la siguiente oposición: “la Ley de Moisés” (”la Ley”), “las Obras de la Ley” (”las obras”), “la carne”. Y frente a esto: “la Salvación en Cristo”, “Cristo”; “la fe en Cristo”;  “la Fe”; “el Espíritu“.  Siempre es la dialéctica de “no se nos dió ni se nos da ahora la Salvación por medio de la Ley de Moisés; sinó por la Obra de Cristo”.

Llega un momento en que S. Pablo (que respecto a este tema tiene una percepción muy viva) se da cuenta que los cristianos procedentes del judaismo, aunque no fuesen “judaizantes”, si no abandonaban totalmente la Ley de Moisés, no captarían la doctrina de Cristo en toda su profundidad. Y “movido del Espíritu Santo” (como él mismo dice) decide pedir a Pedro que esto se estudiase y se decidiese para toda la Iglesia. Así se celebra en el año 49 el Concilio de Jerusalén, el cuál no sólo declara que la salvación nos viene sólo de Cristo (lo cual era ya doctrina clara desde el Señor) sino que prescribe que se abandone totalmente la Ley de Moisés.

San Pablo escribe la carta a los Gálatas para afrontar la situación que aparece allí a causa de la llegada de unos judaizantes que proceden de Jerusalén. Y en la Carta a los Romanos hará una exposición profunda y completa de esta doctrina para toda la Iglesia.

En las cartas a los Corintios, Efesios, Colosenses, desarrollará el tema de la naturaleza de la Iglesia, como Cuerpo y Pleroma de Cristo.

En estos dos temas, la doctrina sobre la Redención  y la doctrina sobre la Iglesia, San Pablo fue quien comprendió más profundamente a Jesucristo. Fue el gran instrumento de Cristo para  revelarnos el fondo de estos dos misterios.

En San Pablo, además, alcanza su cénit la visión Trinitaria de toda la obra de Cristo. Su pensamiento y